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La Jamahiriyah: El experimento libio que desafió al capitalismo y al socialismo

Durante más de tres décadas, Libia fue el escenario de una de las experiencias políticas y económicas más singulares del siglo XX. En un mundo atrapado entre el capitalismo liberal y el socialismo de Estado, surgió allí un intento por abrir un tercer camino: un modelo de participación directa, sin partidos ni parlamentos, sustentado en la redistribución de la renta petrolera y en la gratuidad de los servicios básicos.

La Jamahiriyah —el Estado de las masas— convirtió a Libia en el país con mayor desarrollo humano de África antes de 2011. Más que un régimen, fue un experimento radical que buscó demostrar que otra forma de civilización podía ser posible: una democracia sin representación, una economía sin asalariados y una sociedad organizada en torno a la comunidad antes que al individuo.

Un país que partió de cero

En la segunda mitad del siglo XX, mientras el mundo parecía debatirse entre el capitalismo liberal y el socialismo de inspiración soviética, en el norte de África se gestó una experiencia que desafió ambos polos. Fue la Jamahiriyah, el “Estado de las masas” proclamado en 1977 en Libia bajo la guía de Muammar al-Gadafi. Más que una etiqueta política, fue un experimento integral: una arquitectura institucional, económica y social destinada a materializar lo que El Libro Verde llamó la “Tercera Teoría Universal”.

Durante más de tres décadas, esta propuesta intentó responder a una pregunta que sigue vigente: ¿es posible una democracia directa y una economía sin asalariados en un país del Sur global? El intento libio, con sus logros y contradicciones, dejó un legado tan singular como poco comprendido: un Estado que combinó la renta petrolera con una redistribución masiva del ingreso, una red de servicios públicos gratuitos y un entramado participativo sin partidos políticos ni parlamentos.

Cuando Libia obtuvo su independencia en 1951, era uno de los países más pobres del mundo. Gran parte del territorio era desértico, las regiones históricas de Tripolitania, Cirenaica y Fezán apenas estaban integradas, y la economía dependía de bases militares extranjeras y ayuda internacional. Todo cambió con el hallazgo de petróleo en 1959. Sin embargo, las nuevas riquezas se concentraron en pocas manos, y la monarquía senusí no logró traducirlas en desarrollo general.

El golpe de 1969, encabezado por jóvenes oficiales formados en la ola del nasserismo, derribó ese orden. Desde entonces, Gadafi buscó liberar a Libia de tutelas externas y de los modelos políticos importados. Su objetivo era radical: devolver el poder “al pueblo, sin intermediarios”. Esa aspiración cristalizó en El Libro Verde, una síntesis ideológica que pretendía superar tanto la democracia representativa occidental como los regímenes de partido único.

Democracia sin parlamentos

El corazón del modelo fue político. En lugar de parlamentos, partidos o elecciones periódicas, la Jamahiriyah se organizó en tres niveles de participación:

  1. Congresos Populares Básicos (CPB): asambleas locales donde todos los ciudadanos deliberaban y decidían políticas.
  2. Comités Populares: encargados de ejecutar lo acordado en los congresos y rendir cuentas.
  3. Uniones sectoriales y el Congreso General del Pueblo: instancias de coordinación técnica y nacional que devolvían las decisiones a la base.

La lógica era simple: la representación —decía Gadafi— falsifica la voluntad popular. Solo la participación directa puede considerarse auténtica democracia. En este sistema, los congresos locales no eran órganos consultivos sino legislativos, y los comités populares, equivalentes a ministerios descentralizados, estaban sujetos a control permanente por parte de la población.

Aunque el diseño exigía una disciplina cívica intensa, generó una cultura política peculiar: sesiones abiertas, rendiciones públicas, pizarras con presupuestos y debates donde cualquier ciudadano podía cuestionar la gestión de su barrio o distrito. Era un experimento de gobierno sin élite política estable, en el que la ciudadanía debía asumir la tarea cotidiana de decidir.

“Socios, no asalariados”

En el terreno económico, El Libro Verde introdujo una idea tan audaz como subversiva: el salariato es “una forma de esclavitud moderna”. La solución propuesta fue sustituir la relación empleador-empleado por asociaciones de productores donde cada participante controlara el fruto de su trabajo.

La consigna “socios, no asalariados” se tradujo en políticas concretas. La Ley 4 de 1978 estableció que “la casa pertenece a quien la habita”, transfiriendo la propiedad de uso a los ocupantes y eliminando el alquiler como fuente de renta. En el campo, se otorgaron tierras a quienes las trabajaban directamente, prohibiendo el empleo de asalariados permanentes. En el comercio, se crearon supermercados del pueblo gestionados por asociaciones locales con precios sociales y márgenes fijos.

Durante la década de 1980, el Estado sustituyó la iniciativa privada por cooperativas de consumo y producción, fijó precios subsidiados para bienes esenciales y mantuvo servicios gratuitos en salud, educación, electricidad, agua y transporte. La renta petrolera se canalizó hacia una gigantesca red de bienestar que redujo drásticamente la desigualdad.

A comienzos del siglo XXI, Libia registraba los indicadores sociales más altos del continente africano: alfabetización superior al 85 %, esperanza de vida de 74 años y una tasa de pobreza extrema prácticamente inexistente según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. El Índice de Desarrollo Humano (IDH) del PNUD de 2010 situaba al país en el primer puesto de África y en el rango de países de ingreso medio-alto.

Una economía de bienestar sin deuda

El modelo libio no acumuló deuda externa significativa. Los ingresos del crudo financiaban el gasto social y las importaciones de bienes de capital. Los precios de la energía, el agua y los alimentos básicos se mantuvieron estables durante décadas. Para las familias urbanas, la vivienda dejó de ser un gasto; la electricidad y la gasolina costaban una fracción de lo que valían en otros países árabes.

En las ciudades, los barrios se expandieron con autoconstrucción progresiva y servicios básicos garantizados. En el campo, el acceso al agua del Gran Río Artificial —un proyecto de ingeniería colosal que trasladó millones de metros cúbicos desde acuíferos del desierto— transformó la agricultura de subsistencia en una horticultura periurbana que abarató los alimentos frescos.

El resultado fue un país donde la mayoría de la población disfrutaba de vivienda propia, salud gratuita, educación universal y transporte asequible. La estabilidad de los precios y los subsidios consolidó un poder adquisitivo real superior al de los países vecinos y generó una clase trabajadora urbana con un nivel de vida sin precedentes en la región.

El trípode social: familia, tribu y nación

El tercer pilar del modelo fue social y cultural. Para Gadafi, la sociedad no podía reducirse al individuo ni al Estado. La base debía ser la familia, la tribu y la nación, tres círculos de pertenencia que aseguraban cohesión y solidaridad.

La familia era la célula moral y económica de la sociedad. Las políticas públicas promovían la familia extensa, horarios laborales compatibles con la crianza y programas de apoyo comunitario al cuidado infantil. La tribu, lejos de considerarse un rezago del pasado, se valoraba como espacio natural de deliberación y ayuda mutua. Sus consejos mediaban disputas locales, organizaban la cooperación agrícola y reforzaban los congresos populares de base.

La nación, finalmente, se concebía como una comunidad cultural y lingüística, no como una construcción burocrática. De ahí la insistencia en la unidad árabe y africana, pero también la apertura a un proyecto panafricano que hizo de Libia uno de los mayores financiadores de la integración continental.

En ese entramado social, la mujer ocupó un lugar activo. El Libro Verde proclamó la igualdad en dignidad y derechos, aunque mantuvo una distinción funcional: la maternidad se consideraba una tarea social irremplazable. En la práctica, las libias accedieron masivamente a la educación, a la propiedad de uso de vivienda y a cargos en los congresos y comités populares.

Logros visibles

Entre los años setenta y 2010, Libia protagonizó una de las transformaciones sociales más rápidas de África. La escolarización básica se volvió universal; la secundaria y la educación técnica crecieron de forma sostenida; y la matrícula universitaria femenina se multiplicó. En salud, la mortalidad infantil se redujo a una quinta parte del nivel inicial y la cobertura de vacunación superó el 90 %.

La gratuidad de los servicios y la estabilidad de los precios permitieron que el salario medio —mayoritariamente público— se tradujera en una vida digna y previsible. Los hogares no necesitaban endeudarse para cubrir sus necesidades. En las periferias, los barrios se desarrollaban con equipamientos colectivos decididos en asambleas locales: policlínicos, escuelas, mercados y centros culturales.

El impacto regional era evidente. Mientras países vecinos enfrentaban desempleo juvenil y desigualdad persistente, Libia ofrecía empleo público casi universal, subsidios amplios y gratuidades efectivas. Los informes del Banco Mundial y del PNUD de 2010 destacaban su índice de pobreza extrema inferior al 2 % y su red de servicios públicos como una excepción en el norte de África.

Un modelo tensionado por su propio éxito

Paradójicamente, los mismos mecanismos que garantizaron estabilidad contenían las semillas de la fragilidad. La economía seguía dependiendo casi por completo del petróleo, y el sector asociativo no llegó a sustituir al empleo estatal como fuente principal de ingresos. La democracia directa funcionaba bien a escala local, pero necesitaba coordinación nacional para sostener infraestructuras complejas.

Durante los años noventa, las sanciones internacionales limitaron importaciones y tecnología. Sin embargo, el país logró mantener la gratuidad de la educación y la salud gracias a una red interna de sustitución: ingenieros que refabricaban piezas, cooperativas técnicas que reparaban equipos y priorización comunitaria del gasto esencial.

Tras la normalización de 2003, Libia recuperó su ritmo. Con precios del petróleo altos y relaciones internacionales restablecidas, el Estado reforzó los programas sociales, amplió el acceso a la universidad y renovó hospitales. En 2010, el país exhibía un IDH superior al promedio de América Latina y uno de los más altos del mundo árabe.

El quiebre de 2011

Ese equilibrio se desmoronó en 2011, cuando las protestas internas y la intervención militar externa destruyeron el sistema de coordinación nacional. Las redes de asambleas y comités, diseñadas para la deliberación civil, no estaban preparadas para operar bajo condiciones de guerra. Los servicios públicos colapsaron, la infraestructura del agua y la energía sufrió daños severos y el tejido social se fragmentó.

El país que durante décadas había sostenido una de las mayores coberturas sociales del continente vio interrumpidos sus logros en cuestión de meses. Escuelas cerradas, hospitales sin insumos, desplazamientos internos y una economía desarticulada marcaron el final de la Jamahiriyah.

Una herencia compleja y vigente

Más allá de la controversia política, la Jamahiriyah deja lecciones valiosas para el debate contemporáneo sobre democracia y desarrollo. Su mayor mérito fue demostrar que un país del Sur global podía transformar la renta de un recurso natural en bienestar colectivo sin endeudamiento ni privatización.

El modelo combinó gratuidad de servicios, redistribución de la renta y participación comunitaria en la gestión. No fue una utopía retórica: durante más de tres décadas, millones de libios vivieron bajo un esquema de derechos sociales universales que, con todos sus límites, logró erradicar la pobreza extrema y garantizar vivienda, educación y salud a toda la población.

En términos teóricos, El Libro Verde propuso tres rupturas que siguen provocando reflexión:

  • Democracia sin delegación: abolir la representación política en favor de la decisión directa.
  • Economía sin salariato: sustituir la relación de trabajo por asociaciones de productores.
  • Libertad material: considerar la satisfacción de necesidades básicas como condición de la autonomía.

Estas ideas, vistas con distancia, dialogan con debates actuales sobre democracia deliberativa, economía de los comunes y servicios básicos universales. En cierto modo, anticiparon discusiones sobre renta básica, participación ciudadana digital o cooperativismo de plataforma.

¿Una vía alternativa?

La Jamahiriyah no fue un modelo exportable sin contexto, pero su existencia demuestra que la imaginación política del siglo XX no se agotó en las dos grandes corrientes que lo dominaron. En lugar de copiar instituciones ajenas, Libia ensayó un camino propio que articulaba tradición y modernidad, redistribución y autonomía local.

Su colapso posterior no invalida la experiencia: muestra las condiciones materiales que la sostenían —renta petrolera estable, cohesión nacional, paz interna— y las consecuencias de perderlas. Ningún modelo de bienestar puede sobrevivir sin seguridad, coordinación y soberanía económica.

Hoy, cuando muchas democracias enfrentan desafección ciudadana y desigualdad creciente, recuperar la memoria de aquel intento resulta más que un ejercicio histórico: es una invitación a pensar de nuevo la relación entre libertad, comunidad y justicia material.

La Jamahiriyah fue, ante todo, un experimento de diseño político. Su mayor enseñanza quizá no resida en las fórmulas que propuso, sino en el principio que las guiaba: que el poder, la producción y la vida social pueden organizarse sin mediadores, siempre que exista la voluntad colectiva de hacerlo.


Autor: Santiago Jaramillo Liévano

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